La épreuve de confirmation
La prueba de confirmatión, o épreuve de confirmation en francés, es una especie de evaluación que le hacen a uno a mitad del doctorado para saber si la cosa va bien o mal. No es un examen como tal con papel y lápiz, sino una reunión con los supervisores para explicarles qué se ha hecho, cómo van los créditos, cuáles son los planes, etc.
Seguramente no todos los doctorados tendrán este requisito, o tendrá otro nombre. En mi caso, cuando a principios del doctorado vi que tenía que hacer esto a mitad de camino, me dio bastante temor. ¿Iba a ser capaz de tener listo todo lo que me pedían? Y pues sí, pude hacerlo. Tener los créditos requeridos, tener prácticamente listo un journal paper, y tener planes de publicación para los papers siguientes.
¿Que si fue fácil? No. Fue un trabajo de convencerme cada bendito día de que sí iba a poder. Y cada bendito día dudaba de mí, a veces mucho, a veces poco.
La desconfianza en uno mismo
Esa sensación que esporádicamente aterriza en nuestra mente de que no somos suficientes, que somos una estafa, un fracaso, impostores. Esa sensación, que afortunadamente cada vez aparece menos en mi cabeza, me lleva rondando prácticamente desde mis últimos años de universidad, desde que tenía unos 20 años.
Y siempre lo relaciono con lo siguiente: he obtenido reconocimientos que considero que no merezco completamente, por cosas de las que no he sido yo el único o el principal autor, y me imagino a las otras personas imaginándome como algo que no soy, como alguien especial. Y NADIE ES ESPECIAL.
Acá tengo varios problemas: por ejemplo, el hecho de imaginarme lo que piensan otras personas de mí. Eso no tendría por qué hacerlo, y además no tengo puñetera idea de lo que pasa por sus cabezas. Y no debería hacerlo simplemente porque no tengo control sobre lo que ellos piensan. Otro problema es que casi siempre imagino que me ven como alguien inteligente, sobresaliente, ejemplar, y entonces quiero mantener esa imagen, quiero no defraudarlos, y me estreso al hacerlo, porque inevitablemente siempre terminamos por no cumplir con las expectativas de los demás, y así debería ser. Debemos fijarnos en nuestras expectativas, y ojalá en cosas que podamos controlar.
Mi trabajo de grado del pregrado
Una de las primeras de estas situaciones, y tal vez la que me atormentó por más tiempo, fue mi trabajo de grado de ingeniería en mecatrónica. Siento que no participé lo suficiente, que estaba metido en tantas actividades a la vez que no le dediqué el tiempo suficiente, y que la parte importante, realmente ingenieril del trabajo, lo hizo únicamente quien era por ese entonces mi gran amigo Óscar Rubiano. (Pregunta aparte: ¿Habré representado yo también para él una gran amistad? No lo sé.)
Por tanto, terminé graduándome de una carrera con un trabajo con el que no me sentía completamente satisfecho, y diría que incluso con partes que no supe exactamente cómo se hicieron.
Luego me gradué de ingeniería en telecomunicaciones, y la sensación fue similar, pero esa vez no fue por el trabajo de grado (porque no hice, me gradué por promedio) sino porque me dieron un título de “ingeniero en telecomunicaciones” y en mi cabeza seguía teniendo preguntas básicas que se supone que ya debía tener resueltas; tampoco era muy hábil conectando o configurando aparatos que se supone que debía saber manejar. Nuevamente, estaba en muchas actividades en paralelo, y fue gracias a compañeros de trabajo que logramos sacar adelante todos los proyectos que nos dejaban.
El trabajo de grado de la maestría
Después de eso fue la maestría en matemáticas aplicadas. Lo de hacer la maestría lo pospuse por mucho tiempo por varias razones. por ejemplo, no estaba seguro de qué área estudiar y quería trabajar un poco primero para conocerme mejor. Cuando finalmente me decidí a hacerla, elegí un campo más bien general, que no me atara a una disciplina en específico, simplemente porque siempre he sido un generalista. De eso me di cuenta hace mucho tiempo. Quería algo que me diera herramientas para poder dedicarme después a muchos tipos de situaciones o trabajos, y creo que al menos conseguí eso. Pero por otro lado, el impacto al empezar la maestría fue grande, era otro mundo el de las matemáticas, yo venía de la ingeniería (de dos). Y aunque siempre me fue bien en las materias fundamentales, donde están todas las matemáticas, inevitablemente el enfoque que se le da a las matemáticas en ingeniería es diferente. El choque no sólo fue duro al empezar, sino durante todos los semestres y prácticamente todas las materias fueron un reto. Venía con la mentalidad de impostor desde el pregrado, así que me sentía incómodo con muchas clases en donde veía temas que se suponía que ya debía manejar pero en realidad no lo hacía. Ahora, años después, creo que está bien que hubiera sido así. Hizo que me esforzara más.
El «problema» con la maestría en matemáticas aplicadas es que el trabajo de grado fue en un tema que era absolutamente nuevo para mi: combinatoria y bioinformática. ¿Qué me salvó? Mi supervisor. Rafael literalmente se sentó conmigo incontables veces a explicarme desde los conceptos más simples a los más complicados, y confió en que yo iba a poder resolver algunos de los problemas que fueron apareciendo, tanto técnicos como matemáticos. Gracias a él tengo bastante de la mentalidad investigadora que aplico ahora a prácticamente todos los aspectos de mi vida. Rafael se sentó conmigo, presencial o en línea, a trabajar en el código de Python y a escribir en el documento del trabajo de grado. Eso me permitió avanzar, pero al mismo tiempo volvió a sembrar esa semilla de duda de «¿fui yo quién hizo el trabajo de grado, o fue gracias a que Rafael me ayudó y me explicó tanto que fui capaz de terminarlo»?. La verdad, la verdad la verdad, creo que como en muchas situaciones de la vida, la respuesta es una mezcla de muchas cosas. E incluso creo que mi respuesta cambia a veces de un día para otro. Así que me quedo con lo siguiente: la respuesta simplemente es que hice lo que pude hacer, con lo que sabía en ese momento y con los recursos que tenía en ese momento. Y lo hice lo mejor que pude.
El caso del doctorado
Ahora en el doctorado no tengo supervisores como Rafael 🙁 . Pero aparecieron los LLM y las inteligencias artificiales. Ellos son ahora mis supervisores. Claro que las uso, creo que sería un tonto si no las usara, y un mentiroso si dijera que no. Me empezaría a quedar atrás si no las usara. La pregunta importante es: ¿cómo las uso? Eso es lo que realmente importa, qué tanto le delegamos a la máquina, y qué tanto entendemos de lo que le delegamos.
Sin embargo lo anterior es una distinción difícil de hacer, y es ahora una distinción que tengo que hacer prácticamente todos los días: ¿hago esta actividad yo o se la mando a la máquina? ¿Qué tanto entiendo de eso que me acaba de responder la máquina? ¿Estoy de acuerdo con eso? ¿Tiene sentido?
La lucha en mi mente continúa. Sigue vigente, como hace 15 años. Pero ya estoy más acostumbrado a ella. Ya me tengo más confianza.
Pero creo que nunca terminará.
